Urdaci. ¿Cómo rectificar una noticia?

Alfredo Urdaci se enfrenta a sus polémicas, a sus principios... y a sus finales.

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Alfredo Urdaci muerde un lápiz. Afortunadamente, tiene goma de borrar. Foto: Jacobo Medrano

Las circunstancias que rodearon a Alfredo Urdaci cuando era director de los Servicios Informativos de Televisión Española fueron cruciales para marcar su futuro como periodista, dentro de la historia de España. Varios sucesos, como huelgas generales y el atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 se enredaron en una redacción que se debatía entre la urna y la información. Tras ello, Urdaci dejó su puesto y recaló, entre otros trabajos, en 13TV. Hoy, el periodista es director general de Ludiana, compañía especializada en el desarrollo de herramientas de comunicación interna y externa para las empresas.

Empezaré citando el título del libro La España cruda. Crónica del disparate, el cual parte del 20 de diciembre de 2015, después de las últimas elecciones generales. En su momento dijiste que, en ese tiempo, se había rozado el disparate. ¿Es mejor que estas cosas nos sigan sorprendiendo, porque de lo contrario estaríamos anestesiados? Y, además, ¿hemos llegado ya al disparate?

Aquel fue un año disparatado en el que se puso a prueba el sistema, el cual nunca había pasado por el momento en el que no hay una mayoría clara y el partido que gana las elecciones declina la propuesta del Rey de formar gobierno y deja pasar al siguiente. Estábamos en un escenario en el que cada día había una posibilidad nueva. Hay momentos que recuerdo y no dejo de sonreír, como cuando Pablo Iglesias salió de hablar con el Rey, y mientras Pedro Sánchez hablaba con el monarca, él ya estaba en el Congreso de los Diputados repartiendo cargos. Cosas que no habíamos visto nunca. La realidad supera cualquier realidad anterior, porque los años 2017 y 2018 también han sido disparatados con todo lo que tiene que ver con esta parodia catalana, un golpe de estado que acaba derivando en un puro teatro de lo absurdo. Hoy tenemos a Albert Boadella, proclamado emperador de Tabarnia, como si fuera un Jean-Bédel Bokassa no caníbal y sin diamantes intentando montar una embajada enfrente de la residencia de Waterloo de Carles Puigdemont.

¿Los desencantos son sueños aplazados?

Los desencantos son la caída de la cama cuando estás soñando con Cindy Crawford. Te caes y el suelo está frío y al lado no hay nadie. Son una desilusión (en el sentido ilusionista). La economía, como la política, tiene mucho de expectativas. De hecho, funcionamos por expectativas. Si ahora hay una expectativa mejor, vemos que la gente coge más taxis, toma más copas y gasta más, pero porque la gente siente que, quizás, su nivel de vida va a mejorar. Antes, España no tenía ninguna expectativa y veníamos de un discurso político que negaba la realidad más evidente, que era una crisis muy gorda. La política vende ilusión, expectativas y futuro. Si tú pintas un futuro negro o gris grafito nadie va a votarte.

¿Puede ser mejorable el periodismo que se hace ahora, sobre todo en televisión?

Yo creo que todo es mejorable, no somos perfectos, y se cometen múltiples errores. Antes estaba leyendo las críticas que se han hecho por la cobertura televisiva del asesinato de Gabriel Cruz y de los grandes circos mediáticos que se forman alrededor. He pasado de leer el libro de Arcadi Espada sobre la cobertura que hizo El País con 169 portadas sobre Paco Camps (Un buen tío) a leer en internet todo lo que está pasando. Desde luego que todo es mejorable, y el futuro de los medios de comunicación, en buena parte, consiste en que todo eso se mejore. Sigo pensando que hay gente que está dispuesta a pagar por información de calidad y que la crisis de los medios comenzó cuando empezaron a darlo todo gratis en internet y llegó un día en el que se preguntaron cómo cobrar por un contenido que llevaban años dando gratis.

La pregunta sería cuánto está dispuesta a pagar la gente por una información de calidad…

Medios como The New York Times o The Economist han subido de tirada y han sabido hacer rentable algo que, en un momento dado, dejó de serlo. Creo que eso está relacionado con el formato del producto que se hace y con su calidad. Como dice Juan Antonio Giner, que fue profesor mío en Pamplona, el periodismo-caviar tiene precio y hay mucha gente dispuesta a pagarlo.

¿Ha perdido relevancia y credibilidad Televisión Española?

La relevancia la pierde en el momento en el que otros operadores se reparten la tarta televisiva. Y también cuando las formas de información cambian. Cuando llegas al Telediario sabes las noticias que te van a contar. Puedes estar atento al orden en el que te las cuentan o al matiz que incluyan en el relato de las noticias. Mis hijos ya no ven la televisión convencional porque toda la información la tienen en internet en tiempo real. He pasado veinte años en esa casa. Estuve catorce años en Radio Nacional de España y seis en Televisión Española. Sé que puede sonar a tópico, pero siempre he visto la batalla política por el control y las respuestas de la oposición y ha sido un toma y daca alimentado, algunas veces, por la propia empresa, porque tiene una efervescencia política muy grande, porque está muy sindicalizada; CCOO y UGT tienen gran peso y, de alguna manera, son como correas de transmisión. Con lo cual, es una compañía que tiene una actividad interna frenética en la que es muy difícil trabajar, porque tienes un observatorio sobre lo que haces. En épocas del PSOE y en épocas del PP he defendido siempre a los trabajadores de la casa, porque yo he sido trabajador de ella.

El 25 de julio de 2003, la Audiencia Nacional condenaba a Televisión Española por vulneración de los derechos fundamentales de huelga y libertad sindical, a raíz de la demanda presentada por Comisiones Obreras por presunta manipulación informativa en los telediarios durante la huelga general del 20 de junio de 2002.

Es una sentencia curiosa que dice, en uno de los extremos, que Televisión Española no ha dado a los sindicatos el mismo tiempo que se daba a las campañas electorales. Es una cosa absurda. También hay un primer dictamen que dice que se debe leer la sentencia. En la casa había gente que preguntaba quién iba a leer eso, pero evidentemente lo iba a leer yo. Lo hice, de hecho.

Alfredo Urdaci en su época como director de los Servicios Informativos de Televisión Española.

En Días de ruido y furia dices que Ana Blanco se acercó a tu mesa con cara de espanto porque creía que lo iba a leer ella.

No recuerdo eso. Si lo dice el libro… Sí, puede ser.

El libro dice: “Le aterraba tener que asumir su cuota de responsabilidad en aquella situación. Su rostro era una súplica. Yo tenía tomada una decisión, pero no se la comuniqué”.

Evidentemente. Ni me arrugo ni me escondo: Aquello iba a leerlo yo, a pesar que de que no estaba de acuerdo con esa lectura, que era un pacto que alguien en la casa había cerrado con un juez. Se recurrió, se presentó un recurso por parte de la Abogacía del Estado de Televisión Española, aunque luego Carmen Caffarel lo retiró porque sabía que lo iban a perder. Pero lo iba a leer yo, sin ningún problema, pero a mi manera [al final del informativo, con las pantallas apagadas y pronunciando, literalmente, ‘CC OO’ en lugar de ‘Comisiones Obreras’]. La manera de leerlo era un acto de rebeldía para decir: “Señores, yo estoy leyendo una cosa con la que no estoy de acuerdo. Y la leo a mi manera”. Los sindicatos se tiraron de los pelos, fueron a hablar con el juez y éste les dijo que verdes las han segado.

¿Consideras que ese acto de rebeldía fue un error?

No. Hoy lo volvería a hacer exactamente igual.

Vuelvo a Días de ruido y furia porque, respecto a esto mismo, dices: “Fue un gesto de rebeldía y por tanto un error”.

[Silencio] Volvería a cometer el mismo error. No tengo ninguna duda. Era una manera de decir que no estaba de acuerdo con eso. Punto. No tiene más.

¿Cómo se rectifica una noticia?

Bueno, eso fue una lectura de un texto, insisto, que pactó alguien de Televisión Española con un juez. Una de las cosas más sanas que hay –y menos frecuentes– es ver a un medio de comunicación rectificar. Me ha tocado dos veces (si le quieres llamar a eso rectificación, aunque para mí no lo es). En otra ocasión, estando en otra televisión, dimos una información y alguien me escribió diciendo que aquello era incorrecto. Y yo, al día siguiente, salí y lo dije. Cuando lees el libro de Arcadi sobre Camps te das cuenta que a nuestra profesión le falta humildad; es una profesión que comete errores, los hemos cometido todos. Me refiero a errores de valoración y por no esperar a conocer más detalles sobre una noticia antes de darla. Debería ser más frecuente el ejercicio de reconocer que nos hemos equivocado.

La última pregunta: ¿Eres un hombre de principios?

Y de finales [risas].