Manolo el del bombo. ¿Cómo no quedarse afónico?

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Hoy en día, cualquier institución deportiva interpreta diferentes mensajes para proporcionar a sus seguidores el sentimiento de pertenencia a una afición. Speakers, cheerleaders y hasta mascotas. Sin embargo, en el ADN más romántico y tradicional del fútbol, el sentimiento se porta, se respira y se desarrolla durante toda la vida. Hinchas que dejaron de serlo para representar, de manera individual pero con el beneplácito global, al verdadero jugador número 12. Y en España, desde hace mucho tiempo, el hincha por decreto es Manuel Cáceres: Manolo el del Bombo.

¿Cómo era la vida de Manolo siendo un chaval?

Nací en San Carlos del Valle, Ciudad Real, pero cuando tenía 7 años mi familia me llevó a Huesca. Yo era camarero y, un día, se me ocurrió coger un bombo y animar al Huesca, Barbastro, Binéfar… así, hasta que en un momento dado me animé a hacer lo mismo con la selección española.

¿Por qué un bombo?

En aquella época por mi zona estaba de moda coger bombos y trompetas para todo lo que fuera animar. Y como era camarero, pronto todo el mundo –el de la cerveza, el de los refrescos, el de la comida…– empezó a decirme lo de ‘Manolo el del bombo’. Claro, decían que estaba ‘chalao’, porque yo tenía 16 años y tocar solo en el campo de fútbol era extraño…

¿Cuál fue el primer partido de la Selección?

No se me puede olvidar nunca, porque fui con Quini, en paz descanse. Fue en el año 1979, en Chipre. Me animó tanto aquello, que inicié la ruta por el extranjero y por toda España. Un amigo de Madrid, Revilla, me ayudó primero. Luego ya pedí ayuda a la Federación y se lo agradeceré siempre.

¿Qué partido recuerdas como más anecdótico?

En el Mundial del 82 hice amistad con los hondureños, por lo que en el año 85 me invitaron a ir a Canadá para animarles en la clasificación del Mundial del 86. A animarles a ellos, no a España, ¡eh!

¿El lugar más extraño al que hayas ido a animar?

Puff… creo que fue en Bosnia, donde recuerdo estar en la grada solo con un inspector de policía a mi lado para que no me hicieran nada y yo pensaba: ¡Si no hay nadie! Y otra muy buena fue al terminar el Mundial del 82: me cogió una ambulancia para dejarme en Valencia, pero también llevaba un muerto… y yo al lado con el bombo. Increíble.

¿Cómo animar la grada?

Lo primero, hay que dar la vuelta al campo para ganarte el respeto de todos y no porque tú estés en una zona concreta, no vas a sentirse parte del espectáculo. Cuando suenan los himnos, hay que tener cariño al tuyo, pero también respeto por al otro. Si lo haces así, no hay rivales en las gradas, sino cariño y respeto mutuo siempre.

¿Cómo no quedarse afónico, Manolo?

Ya debe ser costumbre. No bebo, no fumo y me gusta cuidarme, aunque hago muy malas comidas. No hay nada raro en mi voz y nunca me dio problemas más allá de algún día un poco ronco.

¿Sientes que, estés donde estés, cada español, cuando te ve en las gradas, siente que una parte de él está encarnada en tu figura?

Siempre digo que tengo que estar agradecidísimo a la gente por todo el cariño que me muestran allá donde voy. Se portan genial conmigo y es lo que anima a seguir.

¿Cuándo acabará este amor a la selección española y cuál sería el adiós perfecto?

Voy a seguir hasta que el cuerpo aguante y hasta que el público me quiera. Querría llegar a doce mundiales y sería ideal que tuviéramos la suerte de jugarlo en España. Sería perfecto retirarme en mi país y con doce Mundiales como el dorsal vinculado a la afición.

Foto: Frank Palace