Jon Sistiaga. ¿Cómo ser un buen padre?

Jon Sistiaga nos habló de los límites del bien y del mal en el restaurante Zoko Madrid, mientras llovía en un mes de abril.

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Silencio. Alguien habla en medio del ruido. El viento se ha llevado la luz y el miedo se ha hecho fuerte aquí, donde anochece y se instala el terror. Aplicadas las leyes salvajes, la frontera entre el bien y el mal desaparece. El periodista Jon Sistiaga ha estado donde silban las balas y los presos, que tararean melodías infantiles en sus celdas. Es un buen tipo. De ‘los buenos’. Cuenta las cosas como son, casi como un colega. Y un colega que, además, tiene un restaurante, Zoko Madrid, con el diseñador y dibujante Mikel Urmeneta. Llueve a mares, hoy no parará ningún taxi. Será mejor mojarse por dentro (con ginebra).

Tu programa Tabú se asienta sobre tres pilares: la parte periodística, la elección de los personajes y la narrativa…

Tabú pretende utilizar códigos narrativos del cine y de la ficción para hacer periodismo serio. Creo que es una fórmula que funciona porque es atractiva. Pero no porque sea entretenida, sino porque encontramos una manera de contar historias muy duras que, normalmente, sólo las aceptamos desde la ficción.

Entrevistaste a Luis Alfredo Garavito. ¿Cómo convences al mayor homicida en serie de niños de la historia para que te cuente lo que quieres escuchar?

Lo primero es la seriedad y la honestidad. ¿Qué es lo que buscas? Siempre tienes que tratar de buscar una cierta empatía con el personaje para lograr convencerle. Lo importante es llegar y mirarle a los ojos para que hable. Está detenido y ha acabado reconociendo dónde se encontraban los cuerpos. Sus víctimas eran niños de la calle y de familias desestructuradas.

¿Cómo sabes que no te engaña?

No me engaña respecto a sus crímenes. ¿Cómo sé que no me engaña respecto a su arrepentimiento? Eso ya no lo sé.

Cuando le preguntas si debías tenerle miedo te contesta que no.

Esa entrevista la pactamos con la cárcel. Iba a ser en una celda aislada que había dentro de un patio. Le dije a mi equipo que sólo yo iba a hablar con él; además de un ‘hola’ distante, no podía haber conversación entre ellos. Cuando llega el tipo, con su mono naranja y encadenado por las muñecas y los tobillos, saluda a todos y dice: “Les he traído unas gaseosas”. No sabía quién era ese tío. Sólo sé que había matado a doscientas personas. Decidí sentarme con él a una distancia muy corta. Entonces le hice la primera pregunta: “¿Le tengo que tener miedo?”.

¿Había policías?

Uno, pero le dije que se alejara, a una distancia prudencial que él tuviera permitida, para no escuchar la conversación. Así podía hablar tranquilamente con Garavito.

Has dicho que hay que buscar una cierta empatía con el personaje. ¿Significa que hay que ponerse en la piel del ‘malo’?

Sí. Una persona que ha cruzado la línea entre la bondad y la maldad puede que quiera hablar porque está orgullosa de cómo es o porque está en la introspección del arrepentimiento, buscando la piedad de los demás. Nunca se sabe. El hecho es que ha aceptado verte y hablar contigo. Entonces tienes que mantener una cierta distancia emocional con él y tener muy en cuenta dos cosas: el respeto y el miedo. Debes mostrarle que no le tienes miedo pero sí respeto. En estas entrevistas es muy importante jugar con la vanidad de los entrevistados.

¿Dónde está la diferencia entre matar y dejar morir?

Es una pregunta que no se va a poder contestar nunca. ¿Qué harías en un momento dado? Las dos opciones son igual de malas o igual de buenas, y responden a la personalidad de cada uno.

En 1999 fuiste secuestrado con Bernabé Domínguez en Uroševac (Kosovo). ¿Pensabas que os iban a matar?

Varios amigos policías de Madrid llegaron a hacer una porra sobre las posibilidades que tenía de supervivencia y ninguno apostó por mi vuelta [risas]. Con Bernabé tuve simulacros de fusilamiento.

¿Simulacros?

Nos tenían esposados, atados a un banco de gimnasio de colegio. Entraban los soldados riéndose, nos apuntaban, hacían que disparaban y se volvían a ir descojonados. Siempre nos poníamos detrás del fotógrafo holandés, porque era más grande que nosotros.

La gente que ha sufrido torturas, ¿cómo lo somatiza después?

Hay un poco de todo. Considero que el estrés postraumático se vive en multitud de ocasiones, pero la capacidad del ser humano para salir adelante es tremendamente admirable. Una de las cosas que más me ha impactado me pasó en Ruanda. Tenía un traductor –era tutsi– que hablaba inglés. Llegamos a un asesino que tenía trescientos y pico muertos y veinte años de reclusión. Acababa de salir y le entrevistamos. Mientras estábamos haciendo la entrevista vi que el traductor se iba poniendo pálido. Resulta que estaba reconociendo a un tío que era de su mismo barrio y que había matado a un amigo íntimo suyo y a su hijo, que tenía dos años. Mi traductor paró la conversación y se puso a llorar. Dijo que necesitaba un minuto. Me acerqué al asesino y le conté que mi traductor estaba llorando porque él había matado a su amigo y a su hijo. “Say sorry to him”, me respondió. Pero era él quien debía pedirle perdón directamente. Yo me iba al día siguiente y ellos se quedaban ahí, conviviendo. Mi traductor había sobrevivido dos meses al genocidio de Ruanda porque se había escondido en una arqueta. Salía de allí lleno de mierda cada dos noches para que otro tío, un hutu, le diera comida. Y no le delató. Nunca sabemos cuál es nuestro umbral de resistencia hasta que no estamos en ese límite en el que hay que decidir por nuestra vida y por la vida de los nuestros.

José Bretón mató a sus dos hijos en 2011 (Ruth, de 6 años, y José, de 2) y fue condenado por la Audiencia de Córdoba el 22 de julio de 2013 a 40 años de prisión. Entrevistaste a su abogada, Bárbara Royo, pero dijo que ella no era madre. Entiendo que este tipo de cosas afectan más cuando se tienen hijos…

Creo que me lo explicó muy bien. No era madre, pero podía llegar a entender perfectamente la atrocidad del crimen del que se le acusaba a su defendido. Mira, cuando terminé la entrevista con Garavito, el tío se fue dando saltitos y me dijo: “Don Jon, recuerdos para sus hijos”. Me había regalado unos zarcillos y unas pulseras. Se había enterado de que tenía dos niños.

¿Qué hiciste con esos regalos que te dio?

Se quedaron allí. Eran los regalos del demonio.

¿Qué harías si un asesino le pone una pistola en la cabeza a tu hija?

Lo mato. Estoy defendiendo la vida de un inocente, sin ninguna duda. ¿Eso me convierte en un asesino? Técnicamente sí. A lo mejor me convierte más en un homicida que en un asesino. ¿Pero eso me convertiría en un hombre malo que mata gente? No.

¿Eso te convertiría en un buen padre?

Me convertiría en alguien que ha salvado la vida de su hija, a pesar de haber hecho algo tremendamente feo y duro. Pero seguiría siendo el mismo buen padre que soy.

¿Cómo ser un buen padre después de todo?

¿Cómo ser un buen padre cuando te tiran armas químicas y matan a tus hijos desde el aire? ¿Cómo ser un buen padre cuando lo único que quieres es salvar a tus hijos para que tengan una vida mejor? En las guerras sale lo peor y lo mejor de cada persona. Hay límites éticos, pero son muy difusos.

Foto: Jacobo Medrano