Erik Kessels: El potencial de los errores

El prestigioso publicitario neerlandés Erik Kessels sostiene no sólo que las equivocaciones forman parte de la vida personal y profesional, sino que pueden llegar a ser fascinantes.

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El Instituto Europeo del Diseño de Madrid (IED) organizó el pasado mayo la 4ª edición del Design Fest, entre cuyos invitados se encontraba Erik Kessels. No dejamos pasar la oportunidad de hablar con él.

Imagino que la conferencia que imparte en IED se basa en su libro ¡Qué desastre! Cómo convertir errores épicos en éxitos creativos (Phaidon, 2016).

En la vida personal y en la profesional, surgen errores constantemente. Por eso, cuando se trata de ofrecer cualquier tipo de innovación es una buena medida no cerrarte puertas. Es decir: no hay direcciones equivocadas. Los estudiantes y los jóvenes profesionales suelen caer en el pensamiento erróneo de querer que todo sea perfecto: las cosas que ven en otros diseñadores o en internet tienen acabados perfectos; los elementos que emplean –impresoras 3D, ordenadores, cámaras digitales…– no cometen fallos, representan el grado más superlativo de tecnología.

Supongo también que aprovechar el error no es un sistema, sino que es otro elemento más con el que enfrentarse a un problema que surge.

Efectivamente. Es una técnica que ofrece resultados divertidos e irónicos. Es una forma de darle la vuelta a un problema, lo que suele suponer una buena solución. El cerebro está programado para hacer las cosas perfectas. Por eso hay que estar abierto a lo inesperado, porque lo inesperado aparece en muchas ocasiones y la gente, sin embargo, ¡no se da cuenta! Tan importante como aprender es desaprender ciertas cosas para estar más receptivo. O aprender a ser ‘aficionados’, porque, al contrario que los profesionales, están más preparados para el error, lo que les convierte en personajes muy interesantes.

¿Fue algún error su ‘¡eureka!’ particular?

No. A mí también me enseñaron a hacer las cosas buscando la perfección. Durante cinco o seis años trabajé en diversas compañías y al principio me sentía feliz cuando mi trabajo se producía: a lo mejor no era muy bueno, pero veía mis anuncios en las calles o en la televisión, y era algo que había hecho con mis manos. Pero un día, en una charla con veteranos, me dijeron que no había hecho nada importante: que lo importante sucedería cuando alguien odiara o amara intensamente mi trabajo. Lo que estaba haciendo era cómodo, confortable, sin riesgo. Entonces, lo que sucedió fue que terminé odiando hacer anuncios. Lo que hasta entonces había amado, comencé a odiarlo, porque era completamente estereotipado.

¿Qué sucedió entonces?

Comencé a trabajar de otra manera. Cuando creamos la agencia KesselsKramer, en 1996, llegué a asustarme, en cierta medida, de hasta qué punto de revolucionarios habíamos llegado a ser. Y cuando te asustas a ti mismo, está muy bien. Es fantástico: descubres habilidades que no sabías ni que tenías.

¿Fue complicado convencer al primero de tus clientes de que apostara por tus ‘locas ideas’?

Provocan incomprensión con frecuencia, pero mi punto de partida suele contar con una estrategia muy explícita que marca la dirección a seguir y tratamos de demostrar que esa dirección es la que mejor va a funcionarle al cliente. Nos esforzamos en que, más que en los resultados, confíen en nuestro punto de partida. La creatividad está fuera de la norma, es ‘lo diferente’. Si no, no se llamaría ‘creatividad’, sino que sería algo del montón.