Lecturas de grana y oro

Seis obras, como los seis toros de lidia que salen al ruedo cada tarde, que me han acompañado a lo largo de mi vida, mientras crecía poco a poco mi afición por la tauromaquia.

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Vi mi primera corrida en Palma de Mallorca en 1954 a la impresionable edad de 14 años. Me impresionó. De vuelta a Estados Unidos, leí Muerte en la tarde (1932) de Ernest Hemingway. También me impactó, por la fuerza de su prosa y porque refleja parte de la esencia del toreo, con sus grandezas y miserias. El libro es importante por el mero hecho de haberse escrito: que un autor de su talla se ocupara de un tema tan controvertido me demostró que aquí había algo grandioso, digno de más estudio.

En los años cincuenta y sesenta en EE UU no sólo se toleraba el toreo sino que hasta se celebraba: en la prensa y en muchos libros de no-ficción. Y de ficción. El mejor, por su oficio y el ambiente que crea, fue Matador (1952) de Barnaby Conrad, elogiado por el mismo John Steinbeck. Es la historia de ‘Pacote’ (inspirada en Manolete) que describe el último día de su vida antes de morir corneado. Si bien se acentúan los aspectos más románticos de la fiesta, era el libro perfecto para cimentar una afición naciente.

En 1962, tras haber visto muchas más corridas, descubrí a Gregorio Corrochano, entonces el crítico más importante, y su magnífico Cuando suena el clarín (1960). “Con este libro creo que por fin estoy empezando a entender algo de esto”, pensé mientras subrayaba las frases lapidarias. Lo leía en una playa malagueña –todavía lo tengo, manchado de cerveza y del aceite de las sardinas, recuerdo el calor de aquel verano– y por las tardes veía al maestro Antonio Ordóñez explicar su misterio en la plaza de la Malagueta.

El hilo del toreo (1989) es uno de los libros taurinos más influyentes de la historia. ¡Cuántas cosas ignorábamos los aficionados, e ignoraban los comentaristas profesionales, antes de leer a Alameda! A base de humor, sentimiento y su inmenso conocimiento –Alameda toreaba en el campo con Belmonte–, el autor desmonta tópicos, dogmatismos e ideas petrificadas. Harían bien en leerle algunos integristas del Tendido 7 de Madrid. Una edición de Espasa lleva otro ensayo suyo, Los heterodoxos del toreo.

¿Puede un catalán saber de toros? Si es periodista, escritor, gastrónomo y hedonista y se llama Néstor Luján, pues sí. Su Historia del toreo (1954) transmite “el valor inexplicado, la misteriosa palpitación humana, la plástica y la sugestión trágica, la belleza estremecida por la caricia de la muerte” que encarna el toreo, “un espectáculo único, impar, fanático, suntuoso y extraño”. Si bien Luján reconoce su deuda a Cossío –excesiva, según algunos detractores–, este tomo está mucho mejor escrito.

Hoy en día se publican pocos libros taurinos de interés; de hecho, la sección taurina de La Casa del Libro de Madrid, antaño tan amplia, apenas existe. Reflejo de los tiempos: se lee mucho más de toros en internet. Por eso destaco La razón incorpórea, website del brillante y erudito José Morente. Es un ‘libro’ que no cuesta nada y cuyos capítulos se actualizan cada semana, a veces cada día. Morente tiene la virtud de hacer accesible este mundo tan singular tanto al especialista como al neófito.