Juan Carlos de Laiglesia: el romanticismo del papel

A los 8 años ya ‘ejercía’ de editor. Seleccionó 100 cuentos de su padre –de 300– para publicarlos en un volumen. Después trabajó en La luna de Madrid y luego dirigió Man.

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Ilustración: Alexis Nolla

Juan Carlos de Laiglesia estudió Derecho, pero lo suyo era conectar con la calle. Primero fue La luna de Madrid, después otras publicaciones en las que escribir, hasta que llegó el momento de dirigir Man, una de las primeras revistas masculinas en España.

Antes de La Luna de Madrid estaba Night

Sí. Perdí mucho tiempo dedicándome a la abogacía y cuando vi que aquello no daba para más, apareció Night. Eso fue en 1981 y estuvo bien. Por otra parte, era todo muy pequeño y amateur. Pero fue una época muy interesante. De tanto ir a El Sol o al Rock-Ola, la noche pudo conmigo y me cambió completamente la perspectiva.

Y luego vino La Luna de Madrid, una revista que tardó muy poco tiempo en ser un referente, junto con Madrid me mata.

Fue una operación inteligente, porque Borja Casani, su director, venía de un proyecto parecido, en galerías, y cambió de vida. Al final éramos un grupo de amigos, pero a través de las galerías accedíamos a mucha gente y confluyeron ideas y opiniones diferentes. Además de ser un núcleo de amistad, también era algo muy apasionado; la pasión era un ingrediente fundamental. Empezamos a cobrar al cabo de cuatro o cinco meses, porque éramos mucha gente y era todo un poco antieconómico. Pero también era una manera de hacer un periodismo diferente, más realista y conectado con la calle. Luego apareció Madrid me mata y algunas revistas subvencionadas, pero en ese sentido fue especial.

¿La Luna de Madrid era de periodistas o de artistas?

Era una revista de artistas. Se creaban los contenidos y los sumarios cuando nos sentábamos todos y nos poníamos a hablar de lo que entendíamos y lo que conocíamos: exposiciones, moda… Entonces era una apuesta en común de cosas muy naturales y muy frescas. Todo era muy poco forzado. Aquello generó una especie de fenómeno de grupo de pop, porque íbamos a las ciudades a presentar la revista y llenábamos teatros de dos mil personas. No lo entendíamos, pero lo pasábamos muy bien [risas]. Creo que esa manera de hacer prensa ya ha desaparecido.

Para ti, ¿es más importante el fondo que las formas?

Las formas son imprescindibles. Una de las cosas que tiene el papel es que la forma es fundamental: una imagen, un diseño, una maquetación… Si eso no está bien, ya no te metes en contenido. En cuanto al fondo, se ha quedado la herencia de ese hipotético lector que lee más de cinco minutos, que es algo muy complicado de encontrar y es un ejercicio de romanticismo.