Felipe González, el seductor

El periodista y ex político Eduardo Sotillos, fue portavoz del primer gobierno socialista y Secretario de Comunicación y Estrategia del PSOE de Madrid, entre otros cargos. Hoy nos presta algunos de sus recuerdos junto a Felipe González.

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Aquella mañana, el sucesor de Pablo Iglesias, de Prieto, de Largo Caballero o de Negrín, entraba en La Moncloa. En el pequeño grupo que le acompañaba, un periodista abrumado por la importancia del momento descubrió la singular personalidad del protagonista. Alguien le dijo: “Felipe, vamos a quitar esa lápida de la fachada que dice que Franco inauguró este edificio”. A lo que contestó: “Ni hablar de eso. Primero, porque es verdad y, sobre todo, porque nada le podría molestar más a Franco que ver a un socialista entrar aquí como presidente del gobierno de España”.

No muchos años antes, entre guiños y medias palabras, había empezado a hablarse de un tal ‘Isidoro’. A la sombra protectora de Emilio Romero, iba introduciéndose su nombre de guerra en unas columnas que los iniciados descifraban como los kremlinólogos hacían con las fotografías protocolarias de los jerarcas de la Unión Soviética. Viajeros procedentes de Francia hablaban también y se colaba la noticia en la prensa de algo que había pasado en Suresnes. Por lo visto, un joven y desconocido abogado de Sevilla había osado desafiar a los viejos budas del socialismo y se había alzado con el santo y la limosna.

A ese Isidoro, al que la socialdemocracia había ungido como su genuino representante en España, le conocí ya como líder del PSOE, vestido con su icónica chaqueta de pana y una camisa a cuadros. En su despacho de la calle García Morato, iba a poder, al fin, entrevistarle como penúltimo protagonista de una serie dedicada a dar a conocer a los políticos representantes de una sopa de letras para el consumo de todos los gustos democráticos de un país con hambre de libertad. Poco antes, Santiago Carrillo y yo habíamos consumido decenas de cigarrillos ante otras cámaras de televisión, en una complicidad que se había interpretado como ideológica y dio lugar a una amenaza de muerte que, evidentemente, no llegó a consumarse.

Eduardo Sotillos visto por Mike Caplanis

Alguien me dijo muy sabiamente: “Carrillo es necesario, pero Felipe González es imprescindible para asegurar el equilibrio de la gobernabilidad en el futuro. Hay mucho en juego en esa entrevista”. Tras un correcto apretón de manos y ninguna preparación previa, empezó un diálogo en el que pronto descubrí que mi interlocutor dominaba la escena y colocaba sus mensajes pensando más en satisfacer a los futuros espectadores que a la curiosidad del periodista, un tanto frustrado por no conseguir arrancar un titular provocador o rupturista. Sólo al final, fui capaz de advertir que yo también había quedado seducido por la racionalidad de su discurso, y que había sido un instrumento para trasladar a los españoles la imagen de un político moderado, que no asustaba, y que podría llegar a gobernar.

Si mi memoria no me falla, no intercambiamos ese día ningún cigarrillo ni prolongamos la charla al apagarse las luces de la grabación. Sería mucho después, cuando al término de unas agotadoras jornadas de trabajo en La Moncloa, junto a Felipe y Julio Feo, pude disfrutar de alguno de los puros que hacían llegar al presidente sus amigos de Cuba o Nicaragua. Puros que también envolvían en humo los primeros Consejos de Ministros hasta que se impuso el criterio del Ministro de Sanidad, mi llorado Ernest Lluch, dispuesto a velar por nuestra salud y harto de ser un fumador pasivo. Logró otra conquista: los Consejos acortaron su duración.

A Felipe González le gusta la vida. Le gusta medirse con los líderes de peso en el mundo. Más todavía con aquellos que, en principio, no son de su misma cuerda. Y los sabe llevar a su terreno. De ahí el invento de La Bodeguilla, un pequeño refugio en el que he visto a Ronald Reagan reírse con los chistes andaluces, difícilmente traducibles, de un expansivo gobernante español que era mejor actor que lo que él mismo había sido. A Felipe –y es importante que baste con el nombre de pila– le he visto seducir a Kohl, Andreotti y a la mismísima Margaret ThatcherMitterrand, sin embargo, se le resistió. Porque peleaban por la misma presa.