Aferrados a sobrevivir

Es periodista financiero y consultor de comunicación nos habla de lo aferrados que están a su puesto algunos líderes.

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Ilustración: Agustín Sciammarella

«Nuestra necesidad de estar en el poder eclipsa nuestra capacidad de gestión”. Los guionistas de House of Cards ahondan en la jungla de la lucha por el poder y el dinero en la endogámica vida política americana y empresarial luciendo las apariencias de un mundo transparente. Una vez ricos, el único objeto de la política y la empresa es el poder. Abandonarlo es un ejercicio desasosegante para muchos, que tratan de perpetuarse por encima de las organizaciones.

Warren Buffet, 87 años, el oráculo de Omaha, que suele fotografiarse con su ukelele y su Coca-Cola mientras su amigo Charlie Munger, 94, come cacahuetes, han pilotado este año su sucesión nombrando un par de vicepresidentes. Aunque hayan esperado hasta casi el último momento, los exponenciales resultados de sus carteras inhabilitan cualquier crítica. Puede que incluso tarde, estén haciendo las cosas bien aunque sólo el tiempo lo dirá en una empresa como Berkshire Hathaway que vale 500.000 millones de dólares.

En España cuatro de cada diez presidentes del Ibex superan la edad de jubilación. En sus planes estratégicos, donde no faltan las prejubilaciones, por lo general sostienen impertérritos su apuesta por rejuvenecer sus plantillas y por el talento. Cuando el mensaje y los hechos resultan asimétricos su efectividad en comunicación es nula, por increíble.

Banqueros, presidentes de fundaciones, de compañías energéticas, constructoras y de infraestructuras en España son septuagenarios con millones de accionistas pendientes de su salud. El Ibex y las empresas familiares se enfrentan a una profunda regeneración a cinco años vista.

La sucesión sólo existe cuando se anuncia públicamente, porque adquiere carta de naturaleza y sirve para laminar incertidumbres, aunque abre un cúmulo de preguntas cuyas respuestas deben formar parte de un plan establecido al menos un lustro antes. Las sucesiones suelen abordarse sólo desde el punto de vista del gobierno corporativo con protocolos que tratan de evitar la zozobra de una compañía cuando el líder decide que ha llegado su hora. Sin embargo, es una visión miope si no se observa el proceso en 360º.

Juzguen ustedes si la sucesión de Isidoro Álvarez se cerró correctamente o las de Botín, Alierta; las próximas de Francisco González y Amancio Ortega, ya anunciadas; las de Lladó, Fainé, Florentino y un largo etcétera. Algunos han conseguido situar a sus empresas en el top mundial, pero la prueba final está por llegar el día de su salida: un salto al vacío que es mejor hacer con red.

El olimpo empresarial español está abocado a una crisis generacional y sucesoria. Es el próximo reto: evitar ir de éxito en éxito hasta el fracaso final. Los buenos generales, como decía Sun Tzu, se comprometen hasta la muerte pero no se aferran a la esperanza de sobrevivir.