Juan Rigo Morey, capitán y vividor

A principio de los noventa, cambió las aulas donde ejercía de profesor de Humanidades por la inmensidad del océano. Su sueño era navegar, recorrer sin prisa el Mediterráneo. Y no se ha cansado de hacerlo.

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Con menos edad que un guardiamarina se embarcó junto a su hermano y ya ha pasado medio siglo navegando. El capitán Rigo camina por Madrid con una ligera escora, casi haciendo bordos, no está en su medio, claramente. Mallorquín, adoptado parisino y “griego a tiempo parcial” –como él mismo se define–, no pisaba la capital desde hace veinticinco años, poco menos del tiempo que lleva amarrando en Ítaca y otros predios del viejo reino de Ulises. Pero mil días después de publicar su último libro –Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico (Ruleta Rusa)– por fin se dignó en presentárnoslo, llenando hasta la bandera la librería náutica Robinson. Puede que os preguntéis por qué…

Lo tenía todo y lo dejó en pos de un sueño de libertad. Historiador, profesor de Humanidades y doctorando, a comienzos de los noventa soltó amarras y se hizo a la mar para vivir de ella como patrón y periodista náutico. Aunque durante el otoño se recoge en sus cuarteles de invierno en la Ciudad de la Luz, enviando misceláneas crónicas al Diario de Mallorca desde cualquier bistrot bohemio, en cuanto regresa la primavera migra hacia el archipiélago menos turístico de Grecia, desviviéndose por merecer el bello epíteto levendi con el que allí se define al valeroso que sabe gozar de la vida. Su postrera obra precisamente habla de eso, del disfrute pleno en el último reducto del “Mediterráneo puro, fuera de clichés”. “Yo pasaba por el Jónico, no lo busqué” –afirma–, pero allí encontró el sosegado paraíso que lo retrotrajo a las Baleares de su juventud donde conoció a Robert Graves, una magdalena de Proust con olor a salitre, aceite de oliva y algo recién pescado a la brasa. Con sabor a Homero, sin miedo al anisakis.

Dice no ser ambicioso y contentarse con lo que tiene, y es mucho: un barquito, amigos en cada puerto y un ancla para fondear donde le place. Frente a la imagen estereotipada de las Cícladas, con casitas encaladas y cúpulas celestes, las islas del Oeste griego parecen sacadas de la Toscana, frondosas, irreales, ajenas a lo pensado. Casi nadie las conoce, excepto Corfú, y allí, a lo sumo, recala el autor para proveerse de blanco a granel en un puerto de pescadores que jamás alguien visitaría, excepto él, por supuesto. Juan Rigo y su muy heterodoxa guía son así, para satisfacción del lector. Calas donde uno se duerme la siesta atado a un árbol, mecido por olas y una nana de cigarras, desenfrenados bailes en la oscuridad sobre charcos de alcohol y copas rotas, humeantes espetones de corderos que aún balan asándose en una playa desierta, sugestivas noches estrelladas sin más ruido que la jarcia, lejos de toda civilización… E Ítaca siempre en el horizonte.

Para escribir su libro ‘Cuaderno de islas. Una guía personal sobre el Jónico’, el Capitán Rigo realizó el siguiente periplo a bordo de su velero, llamado Odyssée.

Aunque el capitán frecuenta otros lares de este mar occidental, siempre da con sus huesos en el más literario de todos (con permiso de los hermanos Durrell). El largo viaje que recomendaba Kavafis, colmado de aventuras y experiencias, nunca parece terminarse y un año tras otro retorna a bordo de su velero, el apropiado Odyssée, al poco de florecer las buganvillas. Pasa toda la temporada de navegación por el Jónico llevando de acá para allá a quien acepta como tripulación, pero siendo su propio jefe se reserva el final del estío en la que llama su isla, aguardando ansioso el prensado de la aceituna y el vino nuevo, a poniente de un mundo que toca a su fin.

La última vez que le vimos, para nuestro asombro, desenfundó del bolsillo un pequeño cuaderno que hace las veces de agenda. A sus casi setenta años de edad ha decidido organizarse la vida como el resto de los mortales. Aquel objeto representa todo lo contrario a su carácter, tan errático y envidiosamente libre. El mito parece desplomarse hasta que se carcajea socarrón, como un parroquiano de la posada del almirante Benbow, y entonces abre las páginas y exclama: “¡Está vacía!”. Así es.