El héroe del Atlántico

Cuando su compañero de regata se vio obligado a abandonar, Jorge Pena continuó solo, contra viento y marea, remando en un pequeño bote en alta mar hasta llegar a Antigua y Barbuda. Y ha sobrevivido para contárnoslo.

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A sus 54 años, este arquitecto y navegante gallego se ha convertido en el primer español en completar la regata Talisker Whisky Atlantic Challenge

Para el común de los mortales, que alguien cruce el Atlántico a remo ya es motivo de profunda admiración. Pero la historia de Jorge Pena, que continuó en 2018 en solitario la regata Talisker Whisky Atlantic Challenge –desde La Gomera (Islas Canarias) hasta el puerto English Harbour (Antigua y Barbuda)–, tras el abandono de su compañero al tercer día, adquiere la categoría de hazaña épica. Sin embargo él se muestra humilde: “No me reconozco como un héroe, lo único que hice fue remar y sobrevivir para salir de allí y terminar lo antes posible”, nos cuenta en tierra firme.

Jorge se considera gallego, aunque en realidad nació en Barcelona hace 54 años. Comenzó a navegar a los cinco de la mano de su padre y desde hace quince se dedica profesionalmente a la navegación a vela, actividad que compagina con el trabajo de arquitecto. Cuando su compañero Jesús de la Torre le propuso hace dos años participar en esta regata, comenzó su proceso de preparación. “Empecé a documentarme sobre remo oceánico, y año y medio antes a prepararme físicamente en el gimnasio durante dos o tres horas al día, cuatro o cinco días a la semana. Y en cuanto tuvimos el bote también salimos a remar al mar. Psicológicamente contamos con la ayuda del coach Juan Carlos Álvarez Campillo, preparador mental de medallistas olímpicos”, nos explica.

Sin embargo no hay entrenamiento que valga para enfrentarse a la jugarreta que le tenía preparada el destino. “Yo también pensé en retirarme durante el tiempo que tardó el barco de rescate en llegar a por mi compañero y posteriormente me estuve arrepintiendo de no haberlo hecho durante muchos días en los que las condiciones meteorológicas no me daban respiro. Casi todos los días pensaba que quería salir de allí. De los 58 días sólo tuve 8 o 10 de relativa calma, pero la mejor salida era seguir remando y llegar a Antigua”.

Y eso es precisamente lo que hizo. Dormía en la cabina del bote durante la noche y remaba durante el día. Desayunaba antes del amanecer y en cuanto había luz se ponía a la faena. A las doce paraba, se preparaba un sobre de comida liofilizada y a veces aprovechaba para hacer alguna reparación para las comunicaciones. A media tarde hacía otra parada de unos treinta minutos para tomar un café con leche y un bizcocho energético y volvía al trabajo hasta las ocho o las nueve de la tarde. Después anotaba su posición, miraba las millas que había recorrido y se preparaba otro sobre para cenar. Y vuelta a empezar por la mañana. No había tregua.

De hecho, uno de los peores momentos le esperaba al final de su travesía, cuando ya se acercaba a tierra. “Los últimos dos días, cuando me quedaban pocas fuerzas, me anunciaron que venían de nuevo condiciones de 35 nudos de viento y olas de más de 5 metros, así que me puse a remar sin parar día y noche para llegar cuanto antes y que no me alcanzase un nuevo temporal justo llegando a mi destino, como le ocurrió al equipo de las Atlantic Ladies, que ese día volcaron dos veces”.

Lo pasó mal, no cabe duda, pero también obtuvo algunas recompensas. “Hubo también algunos momentos mágicos, como una noche de calma con luna llena en medio del Atlántico, o la visita durante cuatro horas de una ballena que surfeaba una y otra vez las olas a mi alrededor, llegando a pasar invertida por debajo del bote, o un espectáculo de saltos increíbles de un grupo de delfines jóvenes un día que me encontraba muy bajo de moral. Eso me animó mucho”. Incluso, a falta de compañero de viaje, se buscó uno: “Me hizo mucha compañía un pájaro que me visitó dos veces al día durante toda la travesía, incluso descansó a bordo alguna noche. Le llamé Mateo, en honor a un amigo que nos dejó hace poco tiempo”. Aunque ante todo se queda con el apoyo recibido. “Me ha sorprendido y emocionado mucho el seguimiento de la gente. Nunca sentí que remaba solo”.

Jorge Pena, a su llegada. Foto: Ted Martin

Cuando 58 días después por fin llegó a Antigua, el 11 de febrero de 2018
–convirtiéndose en el primer español en conseguir finalizar la regata–, lo primero que hizo fue abrazar a su mujer, a su sobrina y a los amigos que le recibieron. Y lo segundo fue darse un homenaje: “Me pusieron delante una hamburguesa con patatas y se me saltaban las lágrimas”.

Ahora que todo ha pasado, afirma rotundo que no lo volvería a hacer. Aunque, tras reflexionar un poco, explica que “la vida se encarga de irte poniendo nuevos retos delante… Y en nuestra mano sólo está pelear por ellos o no”.