Vicente Espluges: un cura diferente

Párroco de Nuestra Señora de las Américas, lleva 23 años haciendo añicos los estereotipos del sacerdocio, y no sólo por sus pendientes o su pasión por el heavy metal, sino por su cercanía a los demás.

Compartir
Ilustración: Andrey Kokorin

En Vicente Espluges la gran humanidad se comprueba a simple vista porque físicamente es un gran tipo en su acepción más literal. A no ser que le pilles oficiando una misa, suele vestir vaqueros ajustados, deportivas de color chillón y zarcillos en las orejas, lo que le hace destacar más todavía. Es también un apasionado de la música heavy metal, tanto que habla sobre ella en un programa de Radio Nacional. Genera un cortocircuito escuchar a alguien con esa apariencia hablar sobre Jesucristo y la espiritualidad, y la generosidad hacia los otros pero sobre todo hacia uno mismo. O, tal vez, sean prejuicios aprehendidos.

¿Dónde queda Dios en esta sociedad tecnológica en la que todo lo vemos, todo lo ‘sabemos’, todo lo experimentamos…?

En el corazón. Yo veo que el Dios de los argumentos y de la razón ha sido válido en una época, desde la Ilustración hasta ahora, en la posmodernidad nos enseña el fallo de la razón. La lógica, la técnica, el s. XX, que es el de la tecnología, no ha traído una sociedad más justa. Los ricos cada vez son más ricos y los pobres, cada vez más pobres.

¿Tu imagen te ayuda a la hora de acercarte al prójimo?

Es la expresión hacia fuera de cómo soy hacia dentro, si no fuera cura vestiría igual. Ser auténtico es lo que me ayuda a acercarme a la gente, no la imagen.

Tu vida no es la habitual de un cura; vas a conciertos, sales por la noche… ¿has tenido alguna experiencia extraña?

Estaba en un concierto hablando con una chica y cuando me preguntó a qué me dedicaba dudé si decirle la verdad o no. Podría haberle dicho que era profesor y no le habría mentido, pero le dije que era cura y me dijo: “¡Me estás vacilando!” y entonces, le enseñé el carnet.

¿Y alguna mujer ha querido ir más allá?

Soy muy pardillo. No estoy entrenado ni en seducir ni en que me seduzcan, llevo 23 años de cura y en ese tiempo sí que ha habido gente que me ha dicho “te quiero mucho” y no sólo espiritualmente. Pero esas situaciones las vivo con acogida, no con rechazo.

[Un señor se acerca para hacerse una foto con él y le dice: “Es importante que la gente conozca a sus héroes”]. El que te digan esto, ¿no te hace despegar los pies del suelo?

He tenido que aprender que mi vida es ayudar a la gente. La primera vez que lo sentí fue en Venezuela, noté que cómo predicaba, cómo me acercaba a ellos, les sonaba nuevo. “¡Pareces normal!”, me dijeron. Y me pareció un piropazo.

¿Cuál es la verdadera Iglesia en el siglo XXI?

Hay un camino de continuidad desde que Jesús la empezó. Pero somos impacientes a la hora de ponerle la etiqueta de bueno o malo a las cosas. ¿Cuánto de beneficio tuvo Juan Pablo II? Si lo miro con poca perspectiva, puedo ver fallos y cosas buenas. Fue a Cuba y dialogó con el régimen castrista y ayudó a la caída del Muro de Berlín. Aunque en moral sexual era bastante conservador. Pero no uso el bueno o el malo, uso un: ¿qué he aprendido? Estamos viviendo la época de mejor salud de la Iglesia porque los que estamos es porque queremos, no por prestigio social o para paliar el hambre. Además, las nostalgias de épocas gloriosas del pasado huelen a naftalina y a reaccionario. “El pasado ya ha pasado y por ahí no hay nada que hacer”, cantaba Eskorbuto. Me preguntas qué tiene que hacer la iglesia del siglo XXI, tiene que ser maestra de compasión, de relaciones humanas.

Vamos, que eres feliz.

Domésticamente feliz.

¿Qué quieres decir?

Encuentro la felicidad en el día a día, en lo ordinario. No soy feliz por meter un gol de chilena, porque me van a hacer arzobispo o por dar conferencias y cobrar 5.000 pavos. Es felicidad doméstica, por haber estado en Venezuela, por haber cogido plátanos y por haberte conocido, porque tú podrías haberle hecho la entrevista a otra persona y no a un cura de la periferia como yo.