Rémy Pagani: al servicio de Ginebra

Tras un año en la alcaldía, pasó el relevo al socialista Sami Kanaan, tal y como estaba establecido en el pacto de partidos de izquierda que gobierna la ciudad.

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Ilustración: Andrey Kokorin

Ginebra, ciudad de refugio. Esta frase parece estar ahí, esculpida en piedra a la entrada de la ciudad antigua, para evitar que las nuevas generaciones olviden su esencia. Y es que, si uno monta en cualquier tranvía, uno de tantos que recorre afanoso las venas de la ciudad, es fácil oír cualquier idioma del mundo. Porque esta ciudad es más que fondues y relojes, más que pistas de esquí lujosas y bancos repletos de secretos. Es, conscientemente y a mucha honra, una ciudad abierta, tolerante y de acogida. Borges, uno de sus más ilustres residentes, se enamoró de sus finas calles empedradas, de su aire de hielo que parece congelar el tiempo y de la solidaridad que vio con los refugiados de la Gran Guerra. Gente de todos los rincones llegada a Ginebra con el objetivo de hacer de esta pequeña ciudad a orillas del lago Leman, abovedada de nevadas montañas y cielos grises, su nuevo hogar.

Rémy Pagani, el que fue su alcalde durante el pasado año y que continúa en el gobierno de coalición que dirige la ciudad, llega al ayuntamiento en una scooter y nos saluda con una amplia sonrisa. Nacido hace 65 años en Ginebra, seguidor de Marx, Lacan y Foucault, se inició en la res publica en 1971 como okupa en el alternativo barrio de Grottes y, poco a poco, a través de su participación en diversos movimientos de contrapoder, fue alcanzando notoriedad hasta llegar al poder de la “metrópolis más compacta del mundo”. Como miembro de la coalición de izquierdas À gauche toute! Genève, obtuvo un asiento en el consejo administrativo, compuesto por cinco personas de diferentes partidos, con representación proporcional al número de votos obtenidos y con cada uno de ellos ejerciendo el rol de alcalde durante un año. Durante este tiempo, su voto vale doble, pero las decisiones han de ser tomadas por el consejo en conjunto.

Ginebra es una ciudad de inmigrantes, con un 61% de sus trabajadores nacidos fuera del cantón y muy pocos incidentes de discriminación o tensión intercultural. “Para lograr esto es fundamental que exista una red de servicios para todos, y conseguir acercar al ciudadano a la toma de decisiones”, explica. “Víctor Hugo decía que la arquitectura es la primera escritura del pueblo y que, por ello, todos los ciudadanos deben preocuparse de la escritura de su ciudad. La frase ‘dejad que los profesionales se encarguen de ello’ me enfurece. El que vive o trabaja en una zona es el principal preocupado por mejorarla. El ciudadano debe tener una participación en la construcción y en el urbanismo”.

En los sesenta se observó que, a pesar de que la mayoría de referendos obtenían una participación media de entre 30 y 40%, todos los ciudadanos declararon haber votado al menos una vez por año. Cuarenta después, tras la gran ola de inmigración de finales de la década, la estadística es similar. Todo ciudadano encuentra temas que le afectan, lo que ha calado en los nuevos residentes. Es una ciudad que se esfuerza en ser todo lo conveniente que es capaz de ser, con un aeropuerto a diez minutos del centro y un ecosistema político estable.

Ginebra es, en palabras de Pagani, “un gran experimento democrático, a la vanguardia de las ideas revolucionarias, que aprobó la constitución votándola en la plaza pública e hizo la revolución seis meses antes que Francia”. El lago, nos dice con orgullo, “es una gran reserva de ideas, y los ríos que de él surgen son los caminos que las transportan hacia el mar y hacia todo el mundo”. Porque, como dijo Borges: “De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas a las que un hombre aspira a hacerse acreedor en el transcurso de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad”.