Patricia de Lille: al servicio de Sudáfrica

Tras un 2018 convulso, un pacto con su propio partido pondrá fin este mes de octubre a siete años de gobierno de esta exsindicalista y luchadora antiapartheid, una de las figuras más emblemáticas de la política sudafricana de las últimas cuatro décadas

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El pasado año, Ciudad del Cabo estuvo a punto de lograr el poco honroso título de ser la primera ciudad del mundo en quedarse sin agua potable. La peor sequía en un siglo, el incremento de la población, la falta de alternativas en el suministro y el derroche llevaban a la capital legislativa de Sudáfrica al borde del precipicio. Si los cuatro millones de capenses no reducían el consumo a cincuenta litros por persona, el gobierno local se vería obligado a cortar el agua y sus habitantes tendrían que ir a recogerla a puntos habilitados para la ocasión. La voz de alarma y las multas por exceder el consumo surgieron efecto, y con la inestimable ayuda de la lluvia, la ciudad se salvó del desastre, al menos hasta 2019. Sin embargo, las críticas de la oposición arreciaron contra la alcaldesa por falta de previsión, por un lado, y por alarmismo y fines recaudatorios, por otro. Un 2018 aciago para una política considerada por muchos como una heroína nacional.

Su presencia en la esfera pública se remonta a los setenta, cuando siendo trabajadora de una fábrica de productos químicos se afilió al sindicato. Mientras luchaba por los derechos de los trabajadores y en contra del apartheid –a veces incluso con posturas radicales–, fue ascendiendo hasta llegar a ser en 1988 vicepresidenta en el Congreso Nacional de Sindicatos, el puesto más alto alcanzado entonces por una mujer, y en 1994, diputada por el opositor PAC en el primer Parlamento democrático de Sudáfrica. Mandela decía de ella que era su política favorita de la oposición, “una mujer muy fuerte con principios”.

Ilustración: Andrey Kokorin

La lucha contra la pobreza, la xenofobia y la discriminación centraron sus actuaciones, pero fue sin lugar a dudas la denuncia de los trapos sucios del gobierno, en un multimillonario y polémico acuerdo de compra de armas, lo que le dio reconocimiento a nivel nacional en 1999. Las constantes amenazas de muerte no la amedrentaron y De Lille llevó hasta el final su lema de “no temas a nadie, alza la voz”.

Elegida entre los cien sudafricanos más importantes de la historia; en 2011, ya bajo las siglas del partido Alianza Democrática (AD), De Lille se hizo con la alcaldía de Ciudad del Cabo. Durante estos siete años de gobierno, la pobreza ha vuelto a centrar sus esfuerzos, llegando a dedicar a las clases más desfavorecidas el 67% del presupuesto local. En una ciudad tan multicultural como desigual, ha puesto el foco en los barrios más humildes, apostando por una mejora de la seguridad, un mayor acceso a servicios básicos y el desarrollo socioeconómico.

“Ciudad del Cabo pertenece a todos los que viven en ella. Nuestra fragmentada historia vio barreras artificiales creadas entre las personas. Trabajaremos más arduamente para derribarlas y construir una ciudad inclusiva”, señaló antes de ser reelegida como alcaldesa en 2016.

Varios años han pasado desde entonces, tiempo en el que su imagen se ha visto duramente dañada. A la crisis del agua se han sumado acusaciones de corrupción y mala gestión y el controvertido cierre de la unidad especial de investigación de la ciudad.

Todo ello ha generado un gran malestar dentro de su partido, que ha llegado incluso a suspenderla de militancia y a iniciar una investigación contra ella. Tras ser despojada temporalmente de sus poderes como alcaldesa –y poco después recuperarlos por orden judicial–, en agosto acordó con AD abandonar su puesto como regidora a cambio de que el partido retirara los cargos internos en su contra. De Lille ya ha anunciado que seguirá trabajando por el futuro de Ciudad del Cabo a partir de noviembre. Y es que, tras cuarenta años de vida pública, es difícil que haya dicho su última palabra.