Del Rock-Ola a los toros

Aunque hoy en día la presencia de jóvenes en las plazas de toros de nuestro país es poco más que anecdótica, aquella transgresora generación que vivió los primeros pasos de la democracia, aquellos irreverentes chavales de los años ochenta, no ocultaban su afición por la fiesta nacional. Hemos rebuscado en los archivos fotográficos las pruebas y le hemos pedido al periodista Germán Pose, testigo desde la barrera de aquella época, que nos cuente cómo hubo un tiempo en el que la modernidad y los pases de capote, el rock & roll y las estocadas, no sólo no estaban reñidos, sino que en ocasiones se complementaban a la perfección.

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1980. La actriz Ana Obregón y el cantante Miguel Bosé asisten a una corrida de toros en Las Ventas de Madrid. foto Angelo Deligio\Mondadori

La culpa la tuvo un mechón de nieve encendido, aunque la historia empieza antes, un poco antes de aquello. El primer golpe de sangre nos llegó cosido al cuero negro de Los Ramones una tarde de otoño de 1980. Barahúnda de jovenzuelos de tupé, chupa y chinchetas pasados por esencia de Dexedrinas y otras hierbas que hicieron temblar los viejos tendidos del coso carabanchelero de Vista Alegre. En el ruedo, faena de lustre Ramoniana con los toricantanos de Nacha Pop abriendo la función. Entre el sol y la sombra de ese espacio lunar se perfilaban las patillas de hacha y las miradas ciegas de la joven afición. Olvido Alaska, que se había escapado, se había ido de su casa, arrastrada del pelo por el ruedo. Y Ana Curra, envuelta en su sombra de ojos de gata negra con sus medias de rejilla hechas jirones. Los espíritus de todos los toritos que en esa plaza rindieron su alma apadrinaron nuestro bautismo rockero y taurino al ritmo de I wanna be sedated o Rockaway Beach. Desde aquella noche fuimos para siempre punks y maletillas de garaje.

Poco después, fue ese bendito mechón ensabanao de Antonio Chenel el que nos marcó el viaje, el camino a una perdición de calibre grueso. El destello del lila y oro de su vestido, el cite de largo dando el medio pecho, el embroque glorioso cargando la suerte, el misterio del temple de sus lances. Regresó a la arena Antoñete desde su rincón de olvido y con un trincherazo de ley inflamó la fiesta. En los altos del tendido 7 de Las Ventas, Mariano Torrubia, El Indio, La Suzuki, Bartrina, Alberto García Alix, Ceesepe, Marta, May Paredes, El Hortelano, Javier de Juan, Jorge Berlanga, Joaquín Albaicín, Urrutia, Edi Clavo y otros miembros de la cuadrilla sacudíamos el resacón con golpes de tabaco y Mahou, todos contentos y estremecidos ante la obra del Maestro. Desde la noche más turbia del Rock-Ola, con escala de postín en El Rastro y La Bobia, hasta La Monumental, ¡los toros!, en un suspiro eléctrico. Éramos tan jóvenes y nos sentíamos inmortales, minotauros de barra.

Y en ese viaje sin billete de vuelta se nos pegó para siempre en la piel Juan Belmonte; Rilke cantando a Paquiro; aquel glorioso primero de mayo en Sevilla de Cocteau o Bergamín y su arte del birlibirloque. Letras taurinas de fuste a las que dábamos cuartel de cantina hasta que se quedaba seco el gaznate y una rubia loca te mojaba los labios con un beso de tequila. En esa borrachera de vértigo llegamos a desafiar a los dioses –¡qué ideas!– y nos dio por tirar de capote y muleta, ¡mátame, toro, mátame! Aquella capea entre los riscos sagrados de Chequilla, el Alto Tajo, y esa vaquilla guapa que lastimó de varetazo serio el cuello de Ana Curra. La muchacha ni siquiera se miró, ¡fuera desperdicios!

Íbamos a los toros como a una misa de blues de domingo. Comunión de jóvenes poetas, muertos y vivos, en busca de asombros soñados. El sabor del sorbo fugaz de un natural de Curro, o uno de sus kikirikís, que hubiera firmado Dalí. Y Rafael de Paula, con sus rodillas de cristal, la música callada de su toreo imposible, tan suicida y bello, el misterio hecho carne en aquella tarde, otra vez de otoño, de 1987 en Madrid con el toro Corchero. Nunca el toreo fue tan bello, escribió Joaquín Vidal. Javier de Juan le inmortalizó al óleo en un retrato prodigioso, obra cumbre de la historia del arte universal. Ese gitano de Jerez era cosa fina. Me quiso quitar la novia pero no fui capaz de condenarle. Una noche que llovía a chaparrones llamaron a la puerta de mi casa y al abrir, un señor de rostro lúgubre, vestido de negro y con sombrero de ala ancha me tendió la mano, y en su mano, una carta. “Esto es para la señorita M., de parte de don Rafaé”, me dijo.

Era una misiva de amor a mi amante, quizá la venganza del gitano por osar preguntarle durante una cena que vaga en la leyenda del tiempo si estaría dispuesto a torear Miuras. Y claro, ocurrió lo que ocurrió.

Pasa la vida, igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar –¡ay Pata negra!–, y ahora esto de los toros parece que va perdiendo la gracia. Corren nuevos y extraños tiempos y la juventud no baila por bulerías. También es verdad que están a oscuras, huérfanos de la luz de ese mechón pinturero que a tantos nos deslumbró.