Michael Robinson. ¿Cómo aprender un idioma?

El ex futbolista y presentador es uno de los coach que os traemos este mes. Llegó sin saber el idioma patrio, pero rápido se convirtió en uno más.

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Se escucha el acento Robinson de Michael, ex futbolista y presentador sincero que no mira su reloj para decidir cuándo termina el partido.

¿De quién es el fútbol?

En un principio era del pueblo. Viene derivado de sus comienzos, cuando se practicaba el shrovetide football (principios del siglo XIX), donde los ‘machos’ del lugar batallaban por una pelota hecha con tripa de cerdo que el alcalde tiraba al centro. El objetivo era depositar ese tipo de balón en uno u otro fondo del pueblo. A veces, estos partidos duraban dos días y siempre había lesiones o se arrancaban árboles. El fútbol, desde siempre, ha sido de la clase obrera, del pueblo llano. Sin embargo, pienso que eso está cambiando: el mundo globalizado del fútbol está atrayendo a grandes fortunas que quieren entrar en este sector para hacer aún más grande su capital y tener la capacidad de mover a las masas.

Foto: Jaime Partearroyo

En ese caso, ¿cuál sería el papel del futbolista?

El futbolista sigue siendo ese niño que sueña con levantar una copa. Pero este niño se sube a la montaña rusa de querer dedicarse a esto, aunque no está preparado intelectualmente para darse cuenta. Luego se encuentra ya no sólo con el padre, sino con un manager.

La leyenda dice que la primera vez que fuiste a Anfield a ver al Liverpool le dijiste a tu padre que querías ser futbolista.

No recuerdo habérselo dicho, pero sí me ha contado tropecientas veces que antes de haber visto un partido yo ya se lo había manifestado, aunque entonces no se televisaban tantos en Inglaterra y yo no había visto uno entero por la tele (los noventa minutos se me hacían muy largos). Jugaba al fútbol en la playa con mi padre y mi hermano mayor cuando vivía en la costa, en Blackpool. Disfrutaba como un enano y quería ser futbolista.

Jugaste cuatro años en el Preston North End y después te contrató el Manchester City.

Sí. Fue muy difícil y muy duro, porque fui fugazmente el futbolista más caro de la historia durante unas horas. Nunca había vivido fuera de casa y jugando en el Preston podía seguir viviendo en Blackpool. Recuerdo que me hicieron una pregunta en la rueda de prensa: “¿Te da miedo ser un futbolista tan sumamente caro con 19 años?”.

¿No te asustaba serlo?

No tenía miedo. Me parecía un sueño. Al día siguiente de firmar por el Manchester City me fui a Mallorca de vacaciones con unos amigos y me di cuenta de que estaba siendo ‘acosado’ por los ingleses que estaban allí de vacaciones. Era un presagio de lo que me esperaba. Cuando jugábamos fuera de casa, el público local cantaba: “What a waste of money” (qué desperdicio de dinero). Fueron tiempos muy difíciles.

¿Vivías encerrado?

Sí. No entendía nada. Y deportivamente tampoco me iba como el público esperaba. Por esa cantidad de dinero, cada vez que yo cogía el balón, esperaban que metiera gol (fui el máximo goleador). También se esperaba que ganáramos la Liga, pero el equipo no anduvo bien. Fui visto como un fracaso.

¿Tu inseguridad fue clave a la hora de fichar por Brighton & Hove Abion?

Brighton era como un balneario. [Michael observa su sonrisa en un recorte de prensa sobre la semifinal contra el Sheffield Wednesday. Viste camiseta amarilla y luce un sombrero]. Todavía tengo ese gorro. Es el momento de mayor felicidad de toda mi carrera. Éramos un equipo de amiguetes, humilde… Yo había salido del City para espantar los fantasmas que había conocido en Manchester. Fui el máximo goleador de la Liga inglesa y con ese gol, cinco semanas más tarde, se suponía que iba a jugar en Wembley, que por entonces estaba sólo reservado para partidos internacionales y de copa. ¡El sueño de todo niño! Éramos los mejores y ese momento en Highbury fue un delirio. ¿Quién hubiese dicho que un equipo pequeño iba a ir a Wembley? De alguna manera también me servía para decirle a la afición que no era tan manco.

No llegaste al Liverpool hasta 1984, año en el que también ganaste la Copa de Europa. ¿Eras feliz?

Ganar ahí no me hizo feliz, pero tampoco infeliz, porque esto viene con el sueldo y la camiseta y tú estás obligado a ganar si juegas con el Liverpool. Si la sonrisa de la foto con Brighton era de felicidad, la de la Copa de Europa que ganamos en el Estadio Olímpico de Roma (contra la Roma) era de alivio; habíamos cumplido con lo esperado. Eso no produce felicidad, sino alivio (en mi caso al menos).

¿Cuánto tiempo estuviste jugando en el Liverpool?

Dos años y medio. Cuando yo salía del Liverpool habían fichado a un futbolista que se llamaba Paul Walsh y pensé que iba a ocupar mi lugar. Entonces fui a ver al míster (Joe Fagan) y le dije que había pensado en que lo mejor era que me marchara; iba a llegar Paul y eso me rompería el corazón, porque yo soy del Liverpool y sería insoportable para mí, y nunca me podía imaginar que el club no me quisiera. Amo demasiado al Liverpool.

Y te fuiste al Queen’s Park Rangers. ¿Era lo mismo?

Una vez que te marchas del Liverpool no puedes jugar en ningún equipo más de Inglaterra porque al final lo comparas todo.

De entre todas las ofertas que te llegaron (Sevilla, Anderlecht, Génova o Sampdoria), ¿la del Osasuna fue la peor?

Sí. Yo nunca he tenido intermediarios y esto que voy a decir va a sonar muy feo, pero creo que me encontré a algunos gángsteres (o a personas que tenían pinta de serlo). La historia está repleta de futbolistas ingleses que han fracasado en el extranjero. De alguna forma, la decisión que estaba tomando no era cien por cien deportiva. Quería el Erasmus, ir a la Universidad a la que nunca acudí en su día. Fue una decisión más humana que deportiva, así que era muy importante saber dónde iba a parar con un niño (mi hijo Liam todavía no había cumplido un año) y con mi mujer. Iba con mi intuición humana y no sabía que el Osasuna estaba tan abajo en la clasificación de la Liga. Tampoco imaginaba, cuando llegué, que íbamos a tener semejante batalla tan titánica para mantenernos en la categoría.

Y fichaste lesionado…

Sí. Me hicieron desnudarme del todo y me preguntó el cirujano si había ido alguna vez al quirófano (había tenido tres fracturas de cráneo, me había roto la nariz no sé cuántas veces, el tobillo, la rodilla…). Dije que sí, que había estado muchas veces. Me volvieron a preguntar: “¿Te duele algo actualmente?”. Yo contesté que sí, que tenía inestabilidad en la rodilla. Había jugado todos los partidos con Queen’s Park Rangers y si jugaba no podía entrenar. Vi caras largas. El cirujano cogió la rodilla, la dobló, la movió… y dijo que era cierto que tenía una inestabilidad tremenda, pero lo estaba haciendo en la buena, la izquierda, la mala era la derecha. Entonces Mapfre no podía asegurarme y tuve que jugar sin seguro.

Robinson se abraza a Tony Grealish, compañero del Brighton & Hove Albion, en la semifinal de la FA Cup de 1983 en Highbury.

El acento inglés te delata allá donde vas. ¿Cómo se aprende un idioma con Michael Robinson?

[Risas]. No lo sé. Yo no he ido, como te puedes imaginar, a ninguna academia. Aprendí mi castellano en bares, cafeterías, en viajes con el Osasuna… Mis suegros cuentan que una vez vinieron de visita y que yo siempre me llevaba dos libros (uno de perros y un diccionario) a todos los lados. En realidad sí fui una vez a una academia que el club me había puesto, pero habíamos perdido contra el Murcia y tuvimos que hacer un entrenamiento extra y llegué tarde a la clase el día que estaban enseñando a decir la hora. Me di cuenta de que estaba aprendiendo más en diez minutos en el entrenamiento que en la academia. Luego, los jugadores me adoptaron como un juguete: en una concentración me mandaron a la cafetería para pedir “seis hijos de puta”.

¿Cómo se enfrenta un futbolista al fracaso?

Yo pienso que es un fracaso percibido por terceros. Mira, he aprendido algo: el resultado miente más a menudo de lo que muestra la realidad. Yo juego al golf y en ocasiones he dado muy bien a la bola pero la he golpeado demasiadas veces. Y en el fútbol, cuando mejor hemos jugado, hemos terminado perdiendo, y cuando hemos ganado habíamos jugado muy mal. No debemos mentirnos a nosotros mismos. Llegué a retirarme del fútbol pensando que no era el mejor delantero centro de la Humanidad, pero no debí haberme sentido un fracasado por ello.

El médico, cuando te dice que tienes cáncer, te cuenta que es “uno malo que no tiene cura”. ¿Cómo te enfrentas a la muerte?

No creyéndolo. Los primeros días pensaba que era un error. No total, pero las personas que me intervinieron en primer lugar y me diagnosticaron habían supuesto que lo normal era que un melanoma con metástasis no tuviera cura. Pero sí que la tiene.

Después de todo, Michael, ¿qué es el fútbol?

Pues un entretenimiento que produce pasión. Parafraseando a mi amigo Jorge Valdano, “el fútbol es una excusa para sentirse feliz”.

 

Publicado originalmente en la edición impresa de la revista, número 11.