Antonio de la Torre. ¿Cómo ser Pepe Mujica?

En 'La noche de los 12 años' (estreno el 23 de noviembre), el actor da vida a Pepe Mujica durante su larga estancia totalmente aislado entre rejas. Nos confiesa que antes de la película no sabía mucho sobre él, pero cuatro viajes a Uruguay y un encuentro con Mujica cambió todo.

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Periodistas y actores tienen algo en común: “Ambos cuentan un relato aunque unos en tercera persona y otros en primera”, explica Antonio de la Torre. Él lo sabe bien, y no sólo porque fuera plumilla antes de intérprete, sino porque sus dos últimos filmes son dolorosamente realistas: El reino (ya en cines), un thriller sobre la corrupción en España, y La noche de los 12 años (estreno el 23 de noviembre), en el que da vida a Pepe Mujica durante su larga estancia totalmente aislado entre rejas. Y es que, en estos tiempos, quizá el periodismo tenga cada vez más de ficción y el cine –cuando es comprometido– de realidad.

¿Qué queda de periodista en ti? 

Cuando abordo una película basada en hechos reales me acerco a los personajes con esa mirada del periodista.

¿Cumple el cine la función de informar?

Manolo Martín Cuenca dice que “en una buena película te enteras más de la realidad de un hecho que en un telediario”. En el relato periodístico hay una narración que el lector tiene que completar, pero en una película la vives tú y el que te observa puede sentirla contigo.

Tus dos últimos personajes son políticos, pero antagónicos: a uno le define la corrupción, a otro la convicción. ¿En la política cabe lo mejor y lo peor del ser humano?

Es que la política es consustancial a la sociedad moderna. Y hay de todo. Me indigna lo de “yo paso de la política”. Toda convivencia es un acto político. Y no hace falta ser diputado, todo adulto tiene la obligación de informarse, reflexionar y poner su grano de arena para mejorar el mundo.

Para tu papel de El reino tenías, por desgracia, un buen número de casos reales para inspirarte… 

Nos vimos con políticos, jueces, periodistas, incluso gente que tenía causas pendientes. No digo nombres por pudor y por agradecimiento, aunque algunos aparecen en los créditos. Nos ayudaron a completar el relato humano. Le dije a Sorogoyen, el director, que si hacíamos una historia de malotes estafando al país iba a salir algo maniqueo y barato. Vi en el periódico a un político que al salir de prisión abrazaba a sus hijas, y le dije: “Esto es la película. Un padre que quiere estar con los suyos”.

© Patricia J. Garcinuño

En cuanto a La noche de los 12 años, ¿cómo te preparaste el papel? ¿Cómo ser Pepe Mujica? 

No sabía mucho sobre Mujica hasta que me reuní con Álvaro Brechner, el director. Fui cuatro veces a Uruguay y conocí a los tres protagonistas: Mujica, Rosencof y Huidobro, que murió a los diez días. Fue emocionante. Los tres tenían una altura moral e intelectual que interpretar a cualquiera de ellos me hubiera fascinado. Además hablé con antiguos guerrilleros y gente que también estuvo en prisión. Conocí a Henry Engler, otro de los rehenes políticos, una eminencia científica que tuvo un viaje a la locura más profundo incluso que el de Mujica. “El cerebro necesita estímulos, y si no los tiene, los crea”, me dijo.

También tuviste que adelgazar muchísimo… 

Lo hice con endocrinos, pero fue terrible. La privación te lleva a lo obsesivo. Pero era necesario para que el espectador pudiera entrar en la historia.

¿Cuál es legado que va a dejar Mujica?

He estado en su casa y es la persona que he conocido más cercana a la coherencia. Vive como piensa. Y carece de vanidad.

¿Cuál ha sido tu noche más larga? 

A punto de cumplir los 30 estaba muy perdido, no sabía qué hacer con mi vida. Y tuve unas cuantas noches largas. Era debido a ideas preconcebidas y conceptos equivocados que mis pobres padres no supieron enseñarme. Por eso soy tan antifranquista, por el desastre emocional de aquella sociedad. Y esta es otra gran herencia de Mujica: la importancia de la educación sentimental; él dice que necesitamos cultura, pero no entendida como leer libros, sino como los valores que nos ordenan la manera de entender la vida y de vivir con los demás.