Pepe Mujica, una vida entre la clandestinidad y el gobierno de Uruguay

Retirado de la política desde agosto, un documental de Emir Kusturica ('El Pepe, una vida suprema') y un filme sobre su largo cautiverio durante la dictadura ('La noche de los 12 años') vuelven a poner el foco sobre José Alberto Mujica Cordano, "el Pepe", el idealista que nunca ha dejado de creer en un mundo más justo, el guerrillero que empuñó un fusil por convicción, el político que dio al planeta entero una lección de humildad.

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2010. El 1 de marzo, Pepe Mujica realiza el juramento presidencial y recibe la banda oficial del mandatario saliente, Tabaré Vázquez.

La utopía vuela desde Venecia, como las cigüeñas de París. “¿No ves que vengo de un país que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol?”, cantaba el argentino Roberto Goyeneche en el tango La última curda; unos versos que bien podrían extrapolarse a cualquier punto de Latinoamérica, incluyendo a Uruguay, por supuesto. Tal vez por eso Pepe Mújica (Montevideo, 1935) dedicó buena parte de su vida a mejorar la existencia de sus compatriotas, a luchar por los derechos de los más desfavorecidos de la sociedad.

Dicen que él, que llegó a convertirse en el cuadragésimo presidente de la República de Uruguay (de 2010 a 2015), es utópico y republicano confeso “hasta el hueso”. Durante su juventud fue miembro del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN) y su actividad guerrillera provocó que fuera detenido en varias ocasiones, incluyendo un larguísimo cautiverio ininterrumpido de doce años durante la dictadura militar en el que fue torturado constantemente y permaneció totalmente aislado en la más cruel de las soledades, tan sólo acompañado por los vestigios de una locura que no cesaba de crecer en lo más profundo de su psique. Y es que Mujica fue más un rehén político que un preso al uso. La misma suerte que correrían otros de sus compañeros, como Mauricio Rosencof y el recientemente fallecido Eleuterio Fernández Huidobro.

Con la restauración de la democracia, en 1985, llegó la amnistía de presos políticos y Mujica salió en libertad. La terrible experiencia vivida no acabó con él, sino que de alguna forma le hizo más fuerte, dándole impulso para retomar su lucha, pero esta vez lejos de la clandestinidad. Creó, junto con antiguos integrantes del MLN y otros partidos de izquierda, el Movimiento de Participación Popular (MPP), que se integraba dentro de la coalición Frente Amplio. Así, como un miembro más del sistema político convencional, fue designado diputado en 1994 y senador en 1999 y 2004; entre 2005 y 2008 se ocupó del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, y en noviembre de 2009 fue elegido presidente del país, imponiéndose a Luis Alberto Lacalle, del Partido Nacional, con una diferencia de cerca de diez puntos.

2009. Mujica, ya candidato presidencial por la coalición izquierdista Frente Amplio, saluda a un cocinero mientras camina por la avenida principal de Montevideo.

Con el tiempo, Pepe Mujica fue suavizando la manera de expresar sus ideas, encauzando mejor las formas para que pudiera fluir el mensaje. Él sabe mejor que nadie que decir lo que se piensa puede salir muy caro, aunque merece la pena. “A veces resulta de lo más favorable. Los beneficios que se reciben en la totalidad me parece que son mayores, contribuyen a ganar confianza”, señala, añadiendo que “la desconfianza es la peor enfermedad que afecta a las relaciones políticas en las sociedades contemporáneas”.

El trabajo de Mujica se asentó en una base más social que política, trató de hacer en todo momento lo que creía que era justo, aunque la tarea no fuese sencilla. “Cuando hablamos de hacer o de no hacer, tenemos que referirnos a los límites que nos imponen las circunstancias en cada uno de los pasos que damos. No lo hacemos en ningún orden (según la vida), sino en todo lo que nos apetece, soñamos o creemos que es mejor”, reflexiona. Aunque es inevitable toparse con obstáculos muchas veces insalvables. “Siempre encontramos limitaciones fruto de las sociedades en las que vivimos. Y las hay porque existen contradicciones de clase, de intereses o de corporación”, advierte. Y un ejemplo de contradicción sería la existencia de dos elementos antagónicos de la sociedad: la clase obrera y la clase alta. “Una sociedad tiene múltiples aspectos que a veces coinciden y muchas veces confrontan en términos globales o relativos. En ese marco logramos algunos resultados, pero sería vanidoso no reconocer que siempre conseguimos mucho menos de lo que nos proponemos”, confiesa.

Aunque, en su caso, sí logró importantes avances. En el año 2014, siendo todavía Presidente, Uruguay era el segundo país con menor índice de pobreza (10%) y el primero con menor índice de indigencia (0,5%) del continente, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). A pesar de todo, no se da por satisfecho: “No puede haber indigentes en mi país. Nosotros trabajamos mucho pero no estamos conformes. Creo que podría haber mucha menos pobreza. Gobernar en una democracia no es ejercer la monarquía”, sentencia.

2009. Pepe Mujica se prepara para trabajar en su finca después de votar en las elecciones generales.

El pasado agosto, Mujica se retiró de la primera línea política, rechazando su puesto en el Senado. Cuando lo anunció, habiendo cumplido los 83 años, dijo que se iba acercando al final de su vida: “Quiero tomarme licencia antes de morirme, sencillamente, porque estoy viejo. Hay un tiempo para venir y otro para irse, y así como se caen las hojas de los árboles también nos caemos nosotros. La vida continúa, no es tan importante”. Volar otra vez, pero desde Montevideo hasta París.