Cinco cosas que aprendimos de Charles Bukowski

Hace 25 años fallecía uno de los escritores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Incorrecto, irreverente, incorregible... Bukowski sigue levantando odios y pasiones.

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01. Si quieres escribir, empieza por el nombre. Charles Bukowski nació como Heinrich Karl Bukowski, en 1920, en Andernach, Alemania. Cuando su familia se marchó a Estados Unidos adaptaron su nombre y así se convirtió en Henry Charles Bukowski Jr. Pero al autor no le gustaba demasiado lo de Henry. “No suena bien. Hen-ry Bu-kows-ki. Salta demasiado, ¿comprendes? Como si llevara ricitos. ¿Cómo iba a firmar así?”. Por eso probó con Charles y la cosa le sonó mejor, aunque sólo funcionaba sobre el papel; en su vida privada prefería que le llamaran Hank (diminutivo de Henry). “Hank, el buen diablo. Bravo, viejo Hank. Es un follón esto de mi nombre, lo sé, pero me gusta así”.

02. Nunca es tarde para convertirse en una leyenda. Bukowski tenía 50 años cuando en 1969 abandonó su trabajo en correos para dedicarse por completo a la literatura. Había pasado en él una década, y antes había desempeñado todo tipo de empleos, pero se rebelaba contra toda autoridad y disciplina. De hecho, no entendía que los trabajos rutinarios pudieran ser para nadie. “¿Cómo se puede amar la vida si sólo se vive de verdad una hora y media o dos al día? Quien ame ese tipo de vida es un idiota”. Escribir, sin embargo, era su gran pasión, su única forma de entender la existencia: “Escribir es el noventa por ciento de mí mismo, el otro diez por ciento es esperar a escribir”. Publicaba poemas en revistas underground desde su juventud, hasta que en el 69 un editor le propuso lanzar su primer libro.

03. Sé fiel a ti mismo, pese a todo. Siempre firme y desafiante, ajeno a modas y tendencias, Bukowski aseguraba que había pasado demasiado tiempo malviviendo, llegando a vagabundear para sobrevivir, como para atenerse a lo que cualquiera dijera que debía hacer. No tener nada le había arrebatado el miedo a perder, por eso sus personajes eran siempre perdedores orgullosos, que triunfan cada día que sobreviven en una sociedad que les desprecia. También tenía su particular termómetro para valorar el trabajo: “Si a tus amigos empieza a gustarles lo que haces es que algo anda mal. Pero si comienza a rondarte la policía significa que empiezas a hacer las cosas bien”.

04. Hagas lo que hagas, mantén la rutina. Bukowski se cogía curdas antológicas, pero había un orden dentro de su caos, una cierta disciplina –pese a todo– que entendía necesaria a la hora de escribir: “Por las mañanas no me levanto. Por las noches bebo. Procuro estar en cama hasta el mediodía. Luego como algo, corro al hipódromo y apuesto a los caballos. Después regreso a casa y Linda guisa un poco. Hablamos, comemos, bebemos, y más tarde me subo con un par de botellas y me pongo a escribir a máquina. Empiezo a eso de las nueve y media y sigo hasta las dos o dos y media de la noche”. Y una vez escrito, también tenía un método para la revisión: “Lo reescribo todo sin beber, para que quede más claro. Luego me emborracho de nuevo para ajustar las partes que he escrito cuando estaba borracho. Y funciona. Así va muy bien. Y es más divertido”.

05. No vayas borracho a televisión… o sí. En 1978 Bukowski acudió al programa más popular de la televisión francesa, Apostrophe, presentado por Bernard Pivot, con media docena de intelectuales exquisitos debatiendo sobre su obra. El escritor llegó con un par de botellas de vino ‘dentro’ y apuró otras dos durante la emisión, que por supuesto fue un desastre. En mitad de la tertulia, cansado de tanta palabrería, Bukowski se levantó, tambaleante, apuró a morro el vino que quedaba y anunció que se largaba de allí. Lo curioso es que, al día siguiente, parte de la prensa y del público lo trató como a un héroe, dado que el tono conservador del programa era muy criticado por el sector más progresista de la opinión pública.

 

Publicado originalmente en la edición impresa de la revista, número 11.