Joselito. Cómo hacer frente a la nostalgia

José Miguel Arroyo, Joselito, sentimiento trágico y romántico de la vida. Iba para gángster de barrio y le rescató la gloria del toreo. En la oscura soledad de su retiro intentó suicidarse pero un quite milagroso le espantó los demonios.

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Este mes cumples 49 años, ¿cómo recuerdas a ese Joselito niño que quería ser torero?

Un chico con mucha ilusión y muchísimo miedo porque tenía claro que iniciaba un viaje imposible. Pero la fuerza de mis sueños venció al pánico.

Cuando un niño se cría como un torero, ¿se hace antes mayor?

Sí, mucho antes. Yo con 10 años cambié, de repente, de jugar en la calle a las chapas y al fútbol a un mundo de gente mayor, muy seria, con unos principios muy alejados de lo que era mi vida. Era muy raro todo pero me integré pronto. También influyó mi ambiente familiar, algo turbio. Mi padre murió cuando tenía 12 años y me tocó madurar por mi cuenta.

Has dicho que si no hubieras sido torero habrías terminado siendo un yonki o atracando bancos.

Seguramente, porque mi padre biológico era un tipo maravilloso, un artista fino, pero tenía sus cosas. Descubrió que no había que currar para salir adelante y vivió siempre en la zona más oscura. Por mi casa se cruzaban traficantes de droga, atracadores, macarras duros. Yo estaba metido en ese mundo y, claro, es posible que hubiera seguido ese camino. Creo que me salvó mi ilusión por ser torero.

Cuando llega el mes de mayo, la Feria taurina de San Isidro, ¿qué se te revuelve dentro del cuerpo?

No sé, hace quince años que me corté la coleta y la decisión de dejar de ser matador fue muy meditada. Llegó un momento en que no era capaz de pasar la frontera del valor y no me lo pude permitir. Me retiré por respeto a mí mismo y a la afición. Estoy tranquilo.

Hace ahora 32 años, un día de San Isidro, un toro casi te arranca la cabeza de un cornadón, ¿cómo saliste de aquello?

Tenía 17 años y era la prueba de fuego que me quedaba por pasar porque hasta entonces no me habían pegado en serio los toros. Yo estaba deseando que un toro me diera una buena cornada; ya ves, es que lo mío es de estudio. Quería descubrir de qué iba a ser capaz después. Y tras esa cornada en el cuello empecé a pensar en muchas cosas. ¿Qué he conseguido? ¿qué quiero conseguir? ¿de qué manera voy a seguir toreando? Cuando tomé la alternativa cambié mi esencia de torero y hacía las cosas de forma más artificial y comercial. Y yo no quería seguir por ese camino, me estaba traicionando. Esa cornada me devolvió a mi ser primario y volví a torear como yo sentía, con el estilo clásico y artista que siempre busqué.

¿Cómo gestionas y haces frente a la nostalgia de ser matador de toros?

Tengo mucho trabajo, regento una ganadería de bravo, El Tajo y la Reina, y no me da tiempo a pensar en otra cosa. El trajín de mi vida es tremendo. He sido un gran torero y tengo claro que he conseguido prácticamente todo lo que anhelaba. Pero te voy a confesar algo: al año de mi retirada de los toros me hallaba muy perdido, desorientado, jodido hasta el punto que decidí suicidarme. No es broma. No aguantaba la situación. En la soledad de mi casa de Talavera preparé una soga para ahorcarme, hice el nudo, coloqué una escalera, me subí a ella y en el momento en que me iba a poner la soga en el cuello me acojoné. Algo me sacó de ahí, quizá un ángel de la guarda. Cogí el teléfono, llamé a mi madre y le conté lo que estaba a punto de hacer. Mis hijas estaban en el colegio y mi madre se presentó en casa horrorizada. Mi padre adoptivo, Enrique Martín Arranz, estaba en México y llegó al día siguiente.

¿Qué te dijeron?

Mi madre, temblando, me rogó: “¡Hijo vuelve a torear!”. Y yo le dije que no era eso, que no me apetecía torear, yo qué sé. Pero estuve a punto de tirarlo todo por la borda, mis éxitos, mi dinero, mi familia, mi finca, todo lo que había conseguido. Me dominaba la angustia, una especie de terror invencible a seguir viviendo. Yo pensaba que si estaba hecho una mierda qué coño pintaba aquí. Veía películas, fumaba un cigarro tras otro, daba vueltas sin rumbo, era un zombi. Y concluí que para estar así, para poca salud, ninguna, ¡a tomar por culo! La verdad es que me faltaron huevos para matarme.

A pesar de no tener estudios te has refugiado en muchas lecturas, y entre tus autores favoritos se encuentra Nietzsche, ¿qué descubriste en él?

Uno de mis primeros libros fue Cien años de soledad, de García Márquez, y me enganchó mucho, no podía parar de leerlo. Pero, uff, Nietzsche era tremendo. Recuerdo que compré uno de sus libros paseando por unas callejuelas de Bogotá. Empecé a leerlo y pensaba, joder, que tío más complejo, pero había algo que me ligaba a él.

¿Crees que hay que ser algo nihilista para hacerte torero?

No sé, para ser torero tienes que ser muy apasionado y, sobre todo, inocente. Para ser artista tienes que salvar algo de la inocencia que tiene un niño. Y yo la sigo teniendo.

¿Qué has aprendido de tu viaje de torero?

He aprendido que con ilusión y esfuerzo consigues todo lo que te propongas. Que donde un hombre llega otro también puede llegar y que hay que aprender a respetar al otro. Hay que intentar comportarse siempre como un hombre y eso me lo ha enseñado el toreo.

La corriente animalista aprieta ahora mucho, acusan a los taurinos de maltratar a los animales, si supieran que los cerdos de tu finca gozan de aire acondicionado en verano y calefacción en invierno…

[Ríe]. Sí, bueno, yo amo y cuido mucho a los animales, pero por encima de todo está el ser humano, no es tan complicado de entender. Y en el caso de los cerdos, te puedo decir que viven mejor que yo. No tengo aire acondicionado en mi casa porque eso vale un pastón y paso en verano más calor que ellos en la nave donde se encuentran. Muchas veces, cuando aprieta el calor, nos metemos allí con ellos a pesar de la peste que hay. Mis cerdos son unos cabrones que viven de cine. Animalista de verdad soy yo.