El Indiana Jones del Polo Norte

Peter Wadhams es uno de los científicos más autorizados del mundo para hablar sobre el cambio climático debido a las más de cuarenta expediciones árticas que ha realizado. Nos cuenta cuál fue la más peligrosa y cuál la más sorprendente.

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Este hombre que nos recibe en la Fundación Ramón Areces de Madrid, de barba blanca, voz frágil y ojos cansados, ha vivido una vida extraordinaria. Peter Wadhams (Londres, 1948) es profesor de Física Oceánica en la Universidad de Cambridge, se ha ‘exiliado’ en Italia desde el referéndum favorable al brexit y ha hecho más de cuarenta exploraciones en el Polo Norte. En una de ellas, estuvo a punto de morir en un submarino. En otra, se convirtió en el primer científico civil al que le dejaron utilizar un pequeño portaaviones militar para inspeccionar el hielo abrumador. Sonríe, pero no bromea, cuando reconoce que ha sido testigo de excepción del derretimiento de los polos: lleva pisando aquellas tierras desde finales de los sesenta y, con 70 años, ha empezado a buscar financiación para su siguiente aventura. Nadie se atrevería a preguntarle qué va a hacer cuando se jubile.

No fue la pirueta fatal de un helicóptero en mitad de una tormenta de nieve. No fue el zarpazo de un oso polar. Y tampoco estalló el suelo de hielo bajo sus pies atrapándolo sin remedio. Como él dice, eso, “lo normal”, les ocurrió a otros. Wadhams estuvo a punto de no contarlo justo cuando se sentía más seguro. Fue en su penúltima expedición, en 2007. Con él, siempre es la penúltima.

La cosa, según el viejo aventurero, empezó más o menos así: “Los submarinos llevan unas bombonas con una sustancia que sirve para evitar la congelación o para descongelar, directamente, los generadores de oxígeno… y dos de nuestros técnicos fueron a descongelarlos”. Hasta ahí, todo correcto, pero entonces, sigue, “las bombonas estallaron mientras las manipulaban y se produjo un incendio que no podíamos apagar, porque los cadáveres de los técnicos bloqueaban la puerta del compartimento donde se encontraban”. Había que tomar una decisión. Y rápido.

“Caminábamos sin saber qué iba a pasar y con las mascarillas de oxígeno pegadas a la cara: había mucho humo”. Decidieron inundar el compartimento aunque, si salía mal la maniobra, podían acabar hundiéndose. “Todo terminó cuando se apagó el fuego y salimos a la superficie esquivando los bloques de hielo”. Bueno, todo no: se realizó una investigación y se descubrió que la base naval que albergaba el submarino, que era británico, había hecho la vista gorda con las grietas que tenían las bombonas, porque, según dijeron, andaban cortos de dinero. Wadhams, ya a salvo, vuelve a sonreír: “Tardaron años en enviar otro submarino”.

Sin embargo, esa no fue la misión que más le ha marcado. Hay otra mucho más feliz: en 2001, participó en un proyecto que le ayudó a hacer un descubrimiento casi mágico. Halló una chimenea natural, que se mantuvo activa durante más de dos años, bajo el Mar de Groenlandia. Nunca había sucedido antes. En la superficie se asemejan a un gran remolino en el que el agua se hunde, probablemente por el peso de la sal, como si fuera un inmenso desagüe. Bajo el mar, lo que se observa es un altísimo cilindro de espuma, que rota con violencia sobre sí mismo y que llega hasta el lecho de rocas. La chimenea tenía nueve kilómetros de diámetro y ostentaba una altura de 2.400 metros, casi cuatro veces más que el Empire State.

Natural de Londres y profesor universitario de Física Oceánica, a sus 70 años no piensa en jubilarse, sino en cómo financiar su próxima aventura.

Nadie estaba seguro de lo que se iba a encontrar en esa expedición. Un científico amigo le había dicho a Wadhams que se había tropezado con lo que parecía un inmenso cilindro mientras investigaba otras cosas. Había que echarle un vistazo: el agua rotaba de forma muy extraña. Después, todo comenzó como casi siempre: “Enviando una solicitud de financiación a Bruselas, consiguiendo que la Unión Europea asumiera la mayor parte del gasto y subiendo a bordo del proyecto a otras instituciones, con participaciones minoritarias”. Como le pasaba a Orson Welles con las películas, los científicos dedican más tiempo a buscar dinero para financiar los viajes que a viajar.

Cuando todo estaba preparado y el equipo listo, Wadhams cogió un vuelo de Londres a Spitsvergen, la única isla poblada del archipiélago noruego de Svalbard. La expedición, compuesta por un barco de pescadores reconvertido en barco oceanográfico con quince científicos, partió del puerto de la capital de la región, una antigua ciudad minera con algo más de 2.000 aguerridos habitantes llamada Longyearbyen. Es conocida porque desde allí se contempla en plenitud el chisporroteo de colores de la aurora boreal.

Esta vez el capitán de la embarcación no era ballenero, que es lo habitual, sino un veterano guardacostas. Y menos mal, porque, como dice Wadhams, “una tormenta de nieve con vientos fortísimos estuvo a punto de hacernos naufragar”. La temperatura del agua hubiera sido letal, pero allí fue donde Wadhams, una vez más, se citó con la historia y dejó plantada a la tragedia. Vio los remolinos, midió la temperatura del cilindro desde la superficie hasta el lecho oceánico. Confirmado. A pocas millas del puerto, había encontrado una chimenea natural en medio del Mar de Groenlandia. Increíble, recuerda el viejo profesor, “¡era increíble!”.